Ser activista forma parte de la naturaleza de ser mujer en la República Democrática del Congo

Sylvie Luzala (Kinshasa, 1972) es periodista y activista en la República Democrática del Congo. Ha centrado su carrera profesional en la defensa de los derechos de las mujeres y la denuncia de las violencias que sufren. Está especializada en periodismo de investigación en torno al acoso y la violencia sexual.

También forma parte de Etoile du Sud (EDS), una asociación que trabaja para garantizar el derecho a la salud, los derechos de las mujeres y la construcción de la paz en el país; especialmente en Kinshasa, la capital, y la zona Este, donde el conflicto armado persiste. Desde EDS denuncian la utilización de la violencia sexual como arma de guerra.

Por su trabajo, Luzala ha sufrido múltiples amenazas, intimidaciones, asaltos, detenciones y citaciones judiciales, por lo que actualmente está acogida por la Associació Catalana per la Pau en el marco del Programa Catalán de Protección a Defensores y Defensoras de los Derechos Humanos.

Gran parte de su trabajo y trayectoria se centra en la defensa de los derechos de las mujeres. ¿Cuándo empezó su lucha feminista?

Nací en la capital, Kinshasa, en una familia de siete hijos: seis niñas y un niño. Estudié la educación primaria y secundaria como el resto de niños y niñas. Cuando terminé la secundaria, mi padre decía que no teníamos suficiente dinero y quería que yo dejara de estudiar. Siempre me preguntaba si realmente era porque no teníamos dinero o porque yo era una niña. Por suerte, al final pude seguir estudiando, pero durante aquella época empecé a sentir las injusticias que sufrimos las mujeres. Fue el inicio de la lucha.

Además, tanto mi padre como mi familia paterna hablaban muy mal de mi madre, decían que “solo sabía hacer niñas”. Recuerdo sufrir cuando escuchaba estos comentarios, porque yo era una niña. Sentía mucha presión por su parte. 

Amnistía Internacional apunta que en el conflicto de la República Democrática del Congo se siguen perpetrando graves vulneraciones de derechos humanos, y que ya hay más de seis millones de personas internamente desplazadas. ¿Cuál es el panorama actual?

El contexto actual es de guerra. Una guerra multiforma que empezó hace ya más de 25 años y que, sobre todo, tiene lugar en el Este del país. Está ligada a la presencia de recursos minerales y a la actividad extractivista que diversas empresas multinacionales realizan en esa zona. El extractivismo que perpetúan las empresas, con el apoyo de la comunidad internacional, es un saqueo sistemático de las zonas mineras. Han utilizado a los países vecinos, como Uganda o Ruanda, para generar conflictos y desestabilizar la zona. Así, pueden seguir explotando nuestros territorios.

El Este del país es una zona casi ingobernable. Hay mucha tensión por parte de las autoridades, ya sean los militares, la policía o la propia administración congoleña, porque muchas veces colaboran con los grupos armados para repartirse el botín de guerra: el dinero de la extracción de minerales.

Carol Cohn, en Las mujeres y las guerras (Ed. Bellaterra, 2015), señala que “la guerra es una práctica profundamente marcada por el género”. En el caso de la República Democrática del Congo, ¿cómo afecta el conflicto a las mujeres?

En la República Democrática del Congo, las mujeres se encargan de la agricultura y de las cosechas. Van solas hasta los campos a trabajar, y entonces, ya sea durante el camino o ya en los campos, los grupos armados las secuestran de manera colectiva. Se aprovechan de las mujeres como mano de obra barata: las obligan a hacer todas las tareas del hogar, a trabajar para ellos y también las esclavizan sexualmente. Las mujeres que se resisten acaban asesinadas, y las que ceden acaban siendo sus esclavas, en todos los sentidos.

Una vez, en una conferencia en Senegal, me preguntaron: “Si las mujeres ya saben que cuando van a trabajar a los campos las secuestran, ¿por qué van?” Pues no están obligadas a ir, pero en la mayoría de los casos son ellas mismas las que deciden hacerlo a pesar de las posibles consecuencias. Porque, culturalmente, las mujeres son las encargadas de que sus familias y sus hijos coman, y si no van a los campos, no comerán. Aceptan seguir con la tradición porque de lo contrario, sus comunidades las juzgarán y el coste también será muy alto.

¿Qué pasa después de los secuestros?

A veces no las secuestran, ‘solo’ sabotean los campos, roban todo lo que pueden, las violan y las dejan. Pero entonces, el problema sigue. Cuando vuelven a sus casas con heridas, marcas o con la ropa destrozada por la resistencia y la violencia, la propia familia y el resto de la comunidad las rechaza.

En general, existe la idea de que una mujer violada trae mala suerte, la consideran el deshonor de la familia. Sus maridos las menosprecian y dicen no respetarlas más por haber ‘mantenido relaciones sexuales con otro hombre’. De hecho, existe la concepción de que, después que una mujer haya sido violada, el marido ya no puede tener más relaciones sexuales con ella en estado sobrio, así que siempre que quiera se emborrachará y la violará. Acabará siendo la esclava sexual de su propio marido. 

Primero te casas dentro de matrimonios y relaciones patriarcales, en la gran mayoría de casos, donde tienes que aguantar incomprensión, agresividad y muchas injusticias; después, sufres una agresión sexual; y finalmente, tu propio marido y tu entorno te deshumaniza. Con todo esto, no se pueden divorciar, y tampoco disponen de ningún acompañamiento psicológico. ¿Hasta qué punto esto es vivir? En el momento en el que te violan, se te acaba la vida.

¿Se instrumentaliza a las mujeres y sus cuerpos como arma de guerra?

Sí. Cuando los grupos armados raptan a las mujeres, lo hacen en masa, pueden ser grupos de hasta 40 mujeres de la misma comunidad. Con esto, saben que todos los barrios de la comunidad estarán debilitados, porque muchas familias habrán perdido una madre, una hermana o una tía. Si las mujeres vuelven directamente a los pueblos después de haber sufrido una agresión sexual, saben que la población estará muy debilitada por el estigma. Y si las secuestran, las convertirán en sus esclavas.

Es una guerra ganada desde el principio. Los grupos armados saben que esta estrategia debilita moralmente a toda la comunidad, y lo aprovechan para atacar el pueblo y robar las tierras, minerales o cualquier otro recurso. La población en general no tiene armas, y la mayoría de la gente huye. Los pocos que resisten y se quedan para defender su comunidad acaban muriendo.

¿Cómo se organizan las mujeres ante estas situaciones?

Existen varios espacios de encuentro. Por ejemplo, desde Etoile du Sud trabajamos con lo que llamamos ‘comunidades de género’. Las impulsamos después de detectar problemas severos y generalizados de violencias de género en los espacios privados y familiares. Detectamos que las mujeres y las niñas no tienen oportunidades de expresarse, ni tampoco de identificar y explicar las violencias que reciben. La idea de estos espacios es tener un lugar donde las mujeres puedan hablar libremente y compartir sus historias y vivencias. Al principio, las participantes eran más reservadas y hablaban menos, pero ahora ya han generado un espacio de confianza y no tienen vergüenza de contar las situaciones cotidianas de violencias que viven, y escuchan los consejos que el resto de mujeres comparten.

En las zonas de conflicto, el trabajo está más encaminado a hablar con las que han sufrido violaciones y están marginalizadas. Llegamos a ellas a partir de las comunidades de género, porque entre las mujeres de los mismos pueblos se conocen. Estas mujeres están realmente mal, condenadas a ser amas de casa, solas, sin ningún tipo de acompañamiento psicológico. Vamos a hablar con ellas, a decirles que no están solas, y les ofrecemos apoyo y participación en las comunidades de género. Queremos garantizarles que tendrán un lugar donde ser escuchadas, donde puedan expresarse.

Buscamos estrategias para salir de las tradiciones patriarcales. Trabajamos para reconducir los discursos hacia los feminismos. Hemos visto que a través de estos espacios, muchas mujeres han sanado sus traumas, han podido expresarse y sentirse acompañadas. Realmente hemos visto muchos progresos.

También damos apoyo a otros grupos ya organizados. Por ejemplo, existen unos grupos de mujeres que hacen préstamos e intercambios comunitarios. Es decir, si una mujer tiene necesidades económicas (o de verduras, o semillas para la cosecha), cada mujer del grupo le presta lo que ella pueda aportar. Y más adelante, se les devolverá en el mismo formato o según su necesidad, cuando la primera mujer ya esté en mejores condiciones. Redistribuyen los recursos. Estos grupos existen tanto en entornos rurales como urbanos.

Usted es mujer, periodista y activista. ¿En qué posición le deja eso?

No veo líneas que separen una cosa de la otra. Mi país y comunidad es muy patriarcal. Mi madre, mi abuela, mi bisabuela…Todas hemos estado en la misma lucha. A veces, parece que ser activista es salir en los medios de comunicación, pero para mí ser activista forma parte de la naturaleza de ser mujer en la República Democrática del Congo. El activismo forma parte de nuestra vida diaria, queramos o no.

La sociedad en general aún no ha aceptado que una mujer luche por sus derechos. La figura de ‘protector’ en las familias siempre ha sido asumida por los hombres, mientras que las mujeres nos quedamos en casa, haciendo las tareas domésticas, invisibilizadas.

Actualmente, soy coordinadora de la ONG Etoile du Sud. Trabajamos para garantizar el derecho a la salud y los derechos de las mujeres en un contexto de conflicto. No es fácil ser una mujer activista, soy criticada y cuestionada por mi trabajo, tanto por mi familia como por mi entorno. Cuestionan que pueda hacerlo e insisten en que me pongo en peligro. He recibido comentarios como que “lo único que quiero hacer es llamar la atención” o que “una mujer no puede tener ideas”. Así que seguimos con nuestra lucha, porque aún queda mucho camino. Uno de los ejes principales de trabajo de EDS es la sensibilización y educación, queremos garantizar el acceso a la información, y que todas las mujeres conozcan sus derechos.

Quería ser periodista porque quería insistir y difundir que las mujeres somos personas con derechos, y así hacer frente a las desigualdades de género. El periodismo es mi vocación y pasión, me gusta hablar con muchas personas y es un gran recurso para subrayar las injusticias que sufrimos, y señalar a los responsables y culpables de estas situaciones. Me hace estar en paz conmigo misma. Por todo esto, para mí el periodismo y el activismo muchas veces van de la mano.

¿Hay libertad de prensa para hablar sobre violencias de género y feminismos?

Cada vez más. Ahora hay una pequeña apertura en los medios de comunicación, pero aun así, la democracia en la República Democrática del Congo acaba de nacer, tiene pocas raíces y hay temas “sensibles” de los que el gobierno no deja hablar. Sabemos que si hablamos de ciertos temas, es probable que la policía nos venga a buscar. Pero sabemos lo que está permitido y lo que no, y jugamos con eso.

En nuestro país ya existen leyes que protegen los derechos de las mujeres, la misma Constitución los recoge, el problema es que no se implementan estas leyes. Están escritas, pero a la práctica no son reales. Un ejemplo práctico: muchas veces, cuando se ofrece un puesto de trabajo, se anima  a las mujeres a solicitarlo y presentarse para la entrevista; pero cuando lees los requisitos, ya ves que la gran mayoría de mujeres no cumplirá con ninguno de ellos, y es por todos los obstáculos que ha tenido por el simple hecho de ser mujer. Estamos excluidas de manera camuflada, es muy hipócrita.

Una vez me detuvieron y me encarcelaron. Hicimos una marcha para reivindicar los derechos de todas las mujeres y niñas, y pedir su escolarización. El policía me dijo que “moriría por nada”. Yo le dije que lo que reclamamos está escrito en la Constitución, que quién debería estar en la cárcel son los responsables del Ministerio de Educación o Justicia, no yo. Pero él invalidó completamente los derechos de las mujeres. La lucha feminista está ridiculizada.

¿Hay perspectivas de futuro?

A veces la lucha parece en vano, pero venimos de muy lejos. Hoy en día, podemos hablar sobre nuestros derechos, podemos participar en conferencias de otros países, podemos agruparnos y hablar sobre nuestro malestar. Pero demasiadas veces parece que todo queda en palabras y no en hechos. La familia es la base estructural de nuestra sociedad, y en esta base ya hay grandes desigualdades. Los cambios estructurales son difíciles.

Aun así, animo a las defensoras de los derechos de las mujeres a no bajar la voz, a reivindicar que la cultura y las tradiciones congoleñas también son parte de nuestra comunidad y son nuestras. Nuestro objetivo es luchar por el bienestar comunitario y avanzar hacia un país sin violencias de género, no abolir la cultura.

Aliento a todas las mujeres a seguir luchando por nuestra libertad y nuestro empoderamiento, porque nadie lo hará por nosotras. Nos acompañaremos desde las organizaciones feministas, porque sí que hay espacios donde podemos aprender las unas de las otras. Es esencial que conozcamos nuestros derechos, y luchemos para que se reconozcan y respeten. Hay posibilidad de cambio.

Pieza publicada originalmente en Ctxt