La presencia femenina en la nueva Siria de Ahmed al Sharaa sigue siendo casi inexistente; son ellas, las mujeres, quienes ocupan los espacios que el poder deja vacíos, aunque en la mayoría de los casos se les niegue el acceso a los lugares y cargos que merecen
Siria
Siria no se detiene: se fractura, se transforma y se recompone con cicatrices aún abiertas. El 8 de diciembre de 2024, el régimen de Bachar el-Assad llegó a su fin. Ahora, la nueva bandera siria iza con promesas de orden y un futuro brillante. El país, acostumbrado a la diversidad, era un ejemplo de convivencia en la región. Pero la conformidad ahora pesa doble sobre las que eran las ‘otras’: las etnias y las diferentes religiones (cristianas, kurdas, alauitas y drusas). El caos es el protagonista en algunas partes del país, mientras otras partes semi autónomas viven una cierta estabilidad. La rutina diaria y la vida cotidiana de las mujeres sigue adelante, y en ellas late la memoria y la fragilidad de una Siria que busca reinventarse.
Las voces con las que hablamos no son figuras públicas ni líderes políticas; son madres, hijas, hermanas que viven en la intersección de la identidad étnica, la fe y la normativa del nuevo régimen. Las mujeres en un país recién transformado tienen varias dificultades y dilemas distintos. Entre ellas está mantener su idioma materno vivo, tener cierta libertad en las prácticas religiosas, protegerse y proteger a sus familias además de transmitir tradiciones que el Estado prefiere invisibilizar. Son diferentes sus historias, pero con el mismo objetivo: ser libres y seguir en la tierra que les pertenece.
Desde la caída del régimen hasta finales de junio de 2025, las ciudades -con mayoría drusa y alauita-, han sufrido una serie de ataques y enfrentamientos entre las fuerzas del nuevo régimen y ciudadanía de estas dos minorías étnicas. Más de 1.400 alauitas fueron asesinados en la costa (desde donde venía el antiguo régimen sirio); en Suwayda, al menos 765 drusos murieron en ejecuciones extrajudiciales a manos de grupos armados afiliados a las fuerzas de seguridad de Damasco; mientras que los kurdos, en el noreste del país o la Administración Autónoma, enfrentaron ataques de Estado Islámico y un atentado suicida en una iglesia de Damasco dejó 30 personas muertas y 54 heridas. De momento, y a pesar de las promesas del gobierno de Damasco, ninguna persona ha sido juzgada por estos crímenes documentados por Amnistía Internacional y Human Rights Watch.
Dilvín, la kurda que aprende su idioma con su hija
Dilvín, de pequeña, iba a un colegio donde se veía obligada a aprender árabe y escribir en ese idioma que le parecía raro y totalmente nuevo. En su casa y en su pueblo, con sus amigas, hablaba kurdo. Aprendió a leer en kurdo con su hija, ya que, en el noreste del país, los kurdos con otras etnias de la región establecieron su autonomía unilateral. Dilvín canta en su idioma versos que memorizó de pequeña de su abuela y madre, que no solo son palabras, sino una manera de seguir envueltas en memorias y resistencia. “Si olvidamos nuestras palabras, nos desvanecemos”, dice mientras revuelve una olla con una mano en su pequeña cocina en uno de los barrios de Qamishli, noreste del país.

Gracias a la Administración Autónoma, la población kurda ha ganado un respiro incierto. En esta región todos aprenden en sus idiomas, ya que hay tres lenguas oficiales: el kurdo, el árabe y el asirio. Además, la zona está controlada militarmente por las Fuerzas Democráticas de Siria compuestas por diferentes etnias. Aún no han llegado las tropas del nuevo régimen sirio, pero su presencia se siente como una sombra larga. En esta parte, y a pesar de una cierta estabilidad, existe el miedo de perder lo poco logrado durante estos últimos años de guerra.
Su casa es pequeña y recién construida. Pero aquí se siente segura, aunque desafía un orden que la obligará a huir o desplazarse. Ella no luchó con armas, sino con palabras; para mantener viva no solo su lengua, sino su forma entera de ser. Desde los principios de la guerra, su pareja viajó a Alemania. Ella tuvo que trabajar para mantener a la familia.

Nadine, una vela por Alepo
En la ciudad vieja de Alepo, donde estuvieron y siguen juntas las mezquitas y las iglesias, Nadine, una cristiana de 30 años, intenta construir y seguir una vida entre escombros y recuerdos de los que ya no están en la ciudad. Vive con su familia en su barrio, de mayoría cristiana. Son los pocos que quedan en una ciudad destruida por la guerra, que la convirtió en una urbe, marginada después de ser la capital económica del país. Nadine trabajó durante los años de guerra como maestra en una escuela privada, pero después de la caída del régimen se vio sin alumnos y sin trabajo. El nuevo gobierno la obligó a dimitir acusándola de trabajar con el antiguo régimen sirio.
No hay persecución directa contra cristianos bajo el actual régimen sirio, pero sí una presión silenciosa. Existe menos apoyo institucional y más restricciones para practicar los rituales religiosos. “La fe necesita espacio y libertad. Atarnos la mano y la boca ya no tendría lugar ahora”, comenta Nadine. “Siempre pienso que el país ya no es lo que solía ser. Los ataques contra nosotros, y espero estar equivocada, aumentarán de alguna manera”; añade.
Desde la caída del régimen hasta finales de junio de 2025, las ciudades -con mayoría drusa y alauita-, han sufrido una serie de ataques y enfrentamientos entre las fuerzas del nuevo régimen y ciudadanía de estas dos minorías étnicas
Varios organismos como Aid to the Church in Need u Open Doors, estiman que en Siria quedan entre 300.000 y 600.000 personas cristianas. Desde que empezó la guerra en el país, cientos de miles de personas cristianas huyeron por los constantes ataques de diferentes grupos islamistas radicales contra sus lugares de culto y la destrucción directa de sus hogares y pueblos. Antes de la guerra, en 2011, había alrededor de 1,5 a 2 millones de cristianos, lo que era cerca del 10% de la población.
“No quiero que nos recuerden como víctimas ni mártires”, dice Nadine. “Solo quiero que, dentro de unos años, alguien sepa que seguimos aquí, enseñando, rezando, respirando entre ruinas”, afirma.
Rasha, vivir con el nombre marcado
En la zona costera, en Latakia, bastión histórico de los alauitas, Rasha vive con su familia. Durante los más de 12 años de la guerra, su zona fue casi intacta. Rasha estudiaba el tercer año de medicina cuando cayó el régimen, al mismo tiempo que trabajaba en un hospital en la ciudad. De un día para otro, Rasha empezó a notar el cambio. Su apellido despertaba recelo y desconfianza entre miembros de las nuevas autoridades del hospital.
Desde que cayó el régimen -de origen alauita-, el miedo se volvió rutina para civiles de esta comunidad: evita salir sola, acompaña siempre a sus familiares y cierra las ventanas por la noche. Todo siguió un ritmo lento, hasta que las cosas se complicaron pocos meses después. Justo en marzo de 2025, el barrio donde vive Rasha fue blanco de ataques violentos. Miembros y grupos armados irrumpieron en las calles. Cientos de civiles alauitas fueron asesinados, decenas de mujeres fueron secuestradas, de las que aún no se sabe nada, entre ellas amigas de Rasha. “Ser mujer bajo un gobierno islamista ya es una carga, pero pertenecer a una minoría siendo mujer es una doble condena”, dice Rasha.
Rasha teme el futuro. “Tengo mil ganas de seguir los estudios. Trabajar para este país que ha sufrido tanto por la guerra”. Su lucha es silenciosa, pero firme: recuperar una identidad que el pasado distorsionó y que el presente intenta borrar.
Amal: vivir en tierra incierta
Amal, una joven drusa de 22 años, vive en la ciudad sureña de Sweida, de mayoría drusa, que actualmente no está controlada por el gobierno de Damasco, sino por milicias locales. En las calles de Sweida no hay soldados ni tanques, pero aun así, la presión sigue. La autoridad espiritual de la comunidad drusa formó comités y declaró una autonomía frágil que siempre está en negociaciones. Todo parece calmo, pero nadie confía del todo.
En julio de 2025, al menos 765 drusos fueron asesinados en ataques selectivos en enfrentamientos con milicias suníes del nuevo régimen
La situación de calma y silencio de la ciudad se rompió en julio de 2025: al menos 765 drusos fueron asesinados en ataques selectivos en enfrentamientos con milicias suníes del nuevo régimen. No hubo investigaciones ni comunicados oficiales, sino nombres que dejaron de aparecer, funerales discretos y una ciudad que se replegó aún más sobre sí misma y se vio aún más aislada.
Mediante una cuenta con otro nombre en las redes sociales, Amal pudo documentar con fotos y videos los crímenes cometidos por estas milicias contra su gente y su ciudad. “No soy militante ni he pensado coger armas en mi vida, pero lo haré para defenderme”, dice. Trabaja en una tienda familiar, pero, desde que la situación cambió en su urbe, nada tiene significado para ella si su propia seguridad se ve amenazada. “Me quedaré aquí mientras nuestras montañas sigan en sus lugares”, asegura Amal.
Pequeñas resistencias, grandes ausencias
Las historias de estas cuatro mujeres -Dilvín, Nadine, Rasha y Amal-, no serán portadas, ni quizás aparecerán en titulares, pero son parte del nuevo país y del nuevo pulso de Siria. No lideran movimientos políticos ni luchan con armas; ellas sostienen lo que queda: una lengua, una fe, un apellido, una calle habitada. Y, sin embargo, su sola persistencia —cuidando, enseñando, recordando, quedándose— contradice la narrativa oficial de un sistema centralizado que margina a las otras.
La representación de mujeres en la nueva Siria de Ahmed al Sharaa es mínima. El orden se impone con silencios. Son ellas, las mujeres, quienes llenan los vacíos que el poder deja, ya que no se les permite, en la mayoría de los casos, acceder a los lugares o puestos que merecen. Estas cuatro voces no representan a todas, pero muestran lo que significa ser mujer —y además minoría— en un país donde lo permitido y lo invisible se confunden. En un entorno hostil, quedarse también es una forma de lucha.