Narrativas feministas para entender el mundo 

Aún hay sillas que les esperan: la lucha de las mujeres libanesas por encontrar a sus desaparecidos de la guerra civil

10/02/2025
Collage de personas desaparecidas en el Líbano. | Andrea López-Tomàs

Al menos 17.415 personas fueron secuestradas o desaparecidas forzosamente en el país de los cedros hace medio siglo 

Beirut

En la memoria del Líbano, hay vacíos enormes. Huecos de la historia compartida que no se hablan, no se pregonan, no se recuerdan. Son momentos, masacres, tragedias que sólo se conservan en la intimidad de los hogares. Algunos están sepultados bajo tierra. Otros han conseguido salir a la superficie sólo para ser ignorados por gran parte de la sociedad. Pero no toda. En el Líbano, los grandes vacíos en la memoria los llenan las mujeres. Recuerdan, gritan, hablan para hacer más llevaderas las ausencias. Ellas acarrean el duelo, pero también el recuerdo. Atesoran entre sus manos el pasado para evitar que se repita.

Medio siglo ha pasado desde que el país se enfrascó en una larga guerra civil. Tres lustros de matanzas entre sectas religiosas, avivadas por poderes extranjeros vecinos, como Siria o Israel. La presencia de cientos de miles de refugiados palestinos y sus milicias en suelo libanés desató la animadversión de los cristianos libaneses. Un primer atentado contra un autobús lleno de personas refugiadas palestinas prendió la mecha de la violencia que se extendió a través de todas las comunidades del país. Durante estos 15 años de suspensión del tiempo, entre 1975 y 1990, desaparecieron decenas de miles de personas. Muchas aparecieron a las pocas horas, días, semanas. Volvieron por su propio pie a casa o las hallaron muertas en alguna cuneta. Otras pocas retornaron al cabo de unos años, tras enésimas jornadas de tortura en cárceles sirias o libanesas. Pero, según el gobierno libanés, hay 17.415 que nunca volvieron.

Sin embargo, esto no ha implicado que las hayan dejado de buscar. Sus madres, sus hermanas, sus hijas, sus nietas, o sus esposas son quienes se encargan de remover cielo y tierra para encontrarlas. “La mayoría de los desaparecidos, más del 90%, eran hombres”, señala Nour el Bejjani, jefa de programas en el Líbano del Centro Internacional para la Justicia Transicional. “Es una lucha liderada por mujeres, por estas mujeres que se quedaron sin sus esposos, padres ni hijos”, cuenta a Yemayá Revista. Al frente de todas estas mujeres, está Wadad Halwani.

Medio siglo ha pasado desde que el Líbano se enfrascó en una larga guerra civil. Tres lustros de matanzas entre sectas religiosas, avivadas por poderes extranjeros vecinos, como Siria o Israel

Una tarde de septiembre de 1982, dos hombres armados irrumpieron en su casa en Beirut. Podían ser oficiales de paisano o miembros de alguna milicia. Buscaban a su marido y padre de sus hijos, Adnan. “Le traeremos de vuelta en cinco minutos”, le dijeron, cuando siguió a los dos hombres hasta la puerta de su casa mientras se llevaban a Adnan. No le ha vuelto a ver desde entonces. Llevada por la desesperación, Wadad llamó a todas las puertas. En cada una de ellas, halló compasión, pero ninguna solución. “Los funcionarios añadían: “otras han pasado por lo mismo, muchas han presentado denuncias”, aunque seguía pensando ¿quiénes son esas otras?”, cuenta Halwani, desde su despacho en la capital libanesa.

Wadad Halwani y Ferdoss Agha. | Andrea López-Tomàs

Tras varias semanas de movilización individual, Halwani fue más allá. “Un día, llamé a una emisora ​​de radio y pedí a todas las que habían perdido a un ser querido en la guerra que se reunieran”, rememora como si fuera ayer. “En ese encuentro, que tuvo lugar exactamente dos meses después del secuestro de Adnan, acudieron cientos de mujeres, muchas con sus hijas, y fue una gran conmoción ver cuántas personas habían sido perjudicadas por la guerra”, recuerda. “Yo perdí a mi marido y el padre de mis hijos, otras perdieron a sus hijos y sus hermanos, pero todas estábamos allí aquel día de noviembre, y decidimos que teníamos que hacer algo: no podíamos quedarnos calladas llorando en nuestras casas”, constata.

De aquel encuentro, nació el Comité de las Familias de los Desaparecidos y Secuestrados del Líbano (CFDKL, por sus siglas en inglés). Este año cumplirán 43 otoños movilizadas. “La primera manifestación fue violentamente reprimida debido al estado de emergencia vigente en ese momento [durante la guerra], que prohibía las reuniones públicas, pero estábamos decididas”, afirma Halwani. En el comité, hay mujeres de todo tipo. La causa de las ausencias forzosas, el desgarro de la silla vacía en miles de mesas alrededor del país ha atravesado a personas de todas las sectas religiosas, de todas las ideologías y las afiliaciones políticas. 

"Queremos el derecho a saber, queremos saber el paradero de nuestros seres queridos"  

Igual que todos han sido afectados, todos están salpicados por estos crímenes. “Al acabar la guerra, en 1991, se aprobó una ley de amnistía que proporcionó amnistía a los perpetradores de los crímenes cometidos antes de ese año”, explica el Bejjani. “Hubo algunas excepciones a esta amnistía, como el delito de secuestro, porque es un delito continuo”, añade. Sin embargo, la mayoría de estas mujeres no han acudido a las cortes judiciales para resolver los interrogantes que rodean a sus seres queridos. “Muy pocas familias se han dirigido al poder judicial por la falta de confianza en él, por temor a que esto afectara la búsqueda de su ser querido, ya que el perpetrador, desde su posición de poder, podría obstaculizar aún más su búsqueda”, afirma el Bejjani.

“De hecho, las familias, hasta el día de hoy, insisten en que lo que quieren es descubrir el paradero de la persona desaparecida, y no quieren ninguna responsabilidad penal”, apunta. “Queremos el derecho a saber, queremos saber el paradero de nuestros seres queridos”, es lo que piden mujeres como Wadad Halwani o Ferdoss Agha. Esta mujer oriunda de Sidón, una ciudad costera del sur del Líbano, nunca logró conocer a su padre. Apenas tenía dos años y medio cuando hicieron desaparecer a Nazih, un simple pescador. “No tenía ninguna afiliación política ni nada, y desapareció; han pasado 43 años y no sabemos nada de él”, afirma desde la oficina del CFDKL.

Ferdoss Agha, con una imagen de su padre. | Andrea López-Tomàs

Como muchas otras madres, la de Ferdoss, con solo 24 años y varios niños a su cargo, el más pequeño de apenas cuatro meses, emprendió la lucha por encontrar a su marido. Ahora, ese activismo lo ha heredado Ferdoss. “Una mujer perdida que tenía un hombro sobre el qué apoyarse. Cuando ese hombro desapareció, la mujer tuvo que convertirse en padre y madre a la vez”, escribe Ferdoss en boca de su madre en el libro ‘Molinos de viento de nuestros corazones’. Hace dos años, el comité reunió a 15 de sus miembros para escribir esta obra coral de relatos. Las mujeres contaron con completa libertad para narrar lo que desearan. Ferdoss quiso honrar a su padre y a su madre, escribiendo un relato a tres voces, junto a la suya. 

De vez en cuando, siento la mente perdida y confundida, sin saber dónde está mi padre. No hay nadie que me guíe hasta él. Un grito interior me desgarra el corazón. Sangro por una pregunta candente que, más que nada, anhelo responder.

Ese deseo por saber, por tener simplemente la información, sin necesidad del retorno, fue reconocido en 2018. Ese año el Parlamento libanés aprobó la Ley 105. “Sentó las bases para el derecho a saber, lo cual es un logro, un gran paso en la lucha por este derecho, y propició la creación de la Comisión Nacional para las Personas Desaparecidas Forzosamente, es decir, una comisión independiente que trabaja de forma específica en el expediente de las personas desaparecidas”, cuenta el Bejjani. Tras 36 años de lucha, por fin, una victoria. Pero los momentos de felicidad en el Líbano suelen durar poco. “Es una ley muy importante, aunque más importante que la legislación es su implementación y los tratados para implementarla”, añade. 

El gobierno retrasó el nombramiento de los comisionados que iba por decreto. El presupuesto asignado a la comisión fue mínimo. Al año siguiente, una de las crisis económicas más brutales en el mundo desde el siglo XIX, según el Banco Mundial, empezó en el Líbano. Lo sigue desangrando hasta el día de hoy. “Sin un papel serio y una dedicación seria por parte del gobierno para apoyar a esta comisión y permitirle implementar su mandato plenamente, siempre habrá obstáculos que enfrentar”, constata el Bejjani. Tras la expiración del mandato de los comisionados este verano, Halwani aguarda los nuevos nombramientos para poder continuar el trabajo empezado hace décadas aquella tarde de septiembre. 


				

¿Te ha gustado este contenido? Apóyanos para seguir trabajando en la Revista.

Las “maras”, como se conoce a las pandillas en Centroamérica, son un rezago de cenizas de los conflictos armados internos que ha vivido la región, agravado por la fragilidad de sus instituciones
Desde la Primera Intifada que Ismail Faraj es fotógrafa de trinchera, también especializada en cine documental y formación como herramientas de cambio social en Palestina
Con toda una tradición de movilización feminista de décadas, las iraníes desde dentro y fuera del país luchan contra el apartheid de género impuesto en su país
Ante la violencia residencial creciente, las mujeres que viven en diversas situaciones de sinhogarismo oculto aplican todas sus capacidades para la resistencia
La presencia femenina en la nueva Siria de Ahmed al Sharaa sigue siendo casi inexistente; son ellas, las mujeres, quienes ocupan los espacios que el poder deja vacíos, aunque en la mayoría de los casos se les niegue el acceso a los lugares y cargos que merecen
Durante los últimos meses, el país saheliano ha incrementado su persecución a las personas migrantes que están en tránsito por el país, con múltiples denuncias de vulneración de los derechos humanos
El elevado número de casos de violencia contra las mujeres en el país no son hechos aislados, sino que corresponden a un pasado de trauma colectivo en el que la violencia sexual se utilizó como arma de guerra
El exilio de personas procedentes de la República Democrática del Congo crece a marchas forzadas desde la toma de control del M23 de las capitales de Kivu Norte y Sur